Psicólogo en Mallorca

Votar, Entre las ilusiones y la realidad

Estamos en plena campaña electoral. En poco más de un mes se realizarán las elecciones municipales y hacia fin de año las generales. Se elegirán no solo unas personas físicas para el desempeño de ciertas funciones sino un criterio de administración de los recursos del estado y un modelo de sociedad que puede afectar desde los niveles más abstractos de la política nacional e internacional hasta los más cotidianos.

No puede existir una forma organizada de sociedad sin normas, prohibiciones, valores, distribución de funciones y poderes. Tal como una máquina necesita lubricante, las sociedades se sostienen y justifican con ideologías, creencias, promesas, ilusiones y temores. El sistema de voto está sustentado en todos esos envoltorios imaginarios.

Como ocurre en toda disección, una reflexión sobre el aspecto subjetivo del votante supone recortar otros aspectos como los filosóficos, éticos, históricos y políticos. Desde el punto de vista de la psicología clínica, el mecanismo de la elección puede contener diversos grados de permeabilidad a la realidad y a las limitaciones y frustraciones que impone a los deseos y motivaciones de un sujeto. Esta cuestión también está presente en el enamoramiento y la idealización que conlleva.

Este efecto es de tal magnitud que psicológicamente se compara con el delirio y la alucinación. El objeto del enamoramiento es revestido de atributos que pueden llegar hasta la negación de sus limitaciones y defectos. Esa idealización tarde o temprano cae y cuando más se negó la realidad más desastroso es el aterrizaje. Independientemente de toda cuestión moral o de veracidad de lo que se ofrezca, conseguir un voto tanto como vender una marca de lavadora exige de la publicidad. De hecho se utiliza la palabra «campaña» tanto para la promoción de un partido o líder como para la promoción comercial de un producto. Toda «campaña» o sea todo argumento, promesa o imagen de líder trata de una dialéctica entre manipular las necesidades preexistentes del destinatario e introducirle nuevos elementos o necesidades.

Una de las necesidades más comprometidas de los mecanismos psíquicos de la motivación es la tendencia a la completitud. La base de la ilusión y el deseo es la búsqueda de algo que sea total y absolutamente bueno. De eso se nutren las pasiones, las idealizaciones, el enamoramiento y la fe. Los hacedores de campaña, los expertos en marketing y publicidad tanto como los estudiosos de la comunicación de masas y los asesores de imagen son expertos en todo esto. No es casual si un candidato usa o no corbata, si tiene el pelo corto, engominado, largo o con coleta…

El diseño de un programa o de un personaje juega necesariamente con elevar al máximo la promesa de plenitud y bondad de lo que se ofrece sin traspasar la peligrosa línea de lo inverosímil. El populismo transita por esa delgada línea de ofrecer cosas imposibles con la complicidad de la imperiosa necesidad de los individuos de creer. Un antiguo refrán de los solitarios y desconfiados gauchos de las pampas dice «cuando la limosna es grande hasta el más santo desconfía». Otro de los aspectos más dramáticos de la psicología del votante es la necesidad de sentirse protagonista en contraposición a ser un mero observador impotente de acontecimientos que lo afectan.

El llamado «voto castigo» por el cual desilusionadas y volátiles masas de ciudadanos migran del partido votado en la elección anterior a cualquier otro se debe al duro aterrizaje desde las alturas de esa complicidad entre discurso fabulador y necesidad de creer. En economía y política esta cuestión no es nueva. En 1969 el economista Harold Demset dio el nombre de «falacia del Nirvana» a la opinión pública basada en la idea de soluciones económicas e institucionales perfectas.

Todos llevamos dentro al niño que disfrutó de creer que los Reyes Magos existían y algunos nunca renuncian a ese gusanillo de dejar los zapatos. Desde el punto psicológico la más saludable de las actitudes tiene que ver con la capacidad de resistir al engañoso y prometedor canto de las sirenas. Ya en el siglo XVIII Voltaire afirmó «le mieux est l’enemi du bien», que significa que lo mejor es enemigo de lo bueno.

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Publicado el 28/04/2015