Psicólogo en Mallorca

Andreas Lubitz. Cabeza de ratón o cola de león

El acto demencial del piloto de Germanwings está estos días profusamente tratado en los medios. Ya se ha podido reconstruir lo sucedido así como la personalidad de Andreas Lubitz y los antecedentes que lo condujeron a matar y morir. Como toda conducta humana este ha sido el acto final, nunca mejor dicho, de una intrincada cadena de fenómenos psíquicos.

En los primeros momentos de conocerse la tragedia existía la duda de si había sido consecuencia de un accidente o de un atentado terrorista. De hecho Lubitz hizo lo que ya otros terroristas hicieron o intentaron hacer.

Pues ni lo uno ni lo otro, dado que el piloto no era un terrorista pese a que su acto fue premeditado y la consecuencia idéntica en términos de pérdida de vidas humanas a la que hubiera buscado un terrorista.

Este acontecimiento plantea, entre otras, dos cuestiones de mucha trascendencia. Estas son, las posibilidades predictivas de los diagnósticos psicológicos y las diferencias entre un acto de locura individual y la acción de un terrorista, ya que el objetivo de morir asesinando masivamente a hombres, mujeres y niños inocentes es idéntico.

Respecto a la primer cuestión, la de las posibilidades predictivas, la evaluación y el diagnóstico psicológico ofrecen una perspectiva muy distinta a la de otras áreas de la salud. Hay un abismo entre el grado de certidumbre con el que en anatomía patológica puede predecirse la evolución de un tipo de célula cancerosa y la posibilidad de predecir si un estado depresivo, incluso una fantasía suicida puede llegar a materializarse en un acto autodestructivo. Más aún, la mayoría de las personas consideradas normales tienen fantasías de todo tipo que no llegan jamás a realizarse. Casi no existirían personas fieles ni honestas si toda fantasía se materializara. Por ello difícilmente las evaluaciones psicotécnicas puedan llegar a evitar un alto grado de incertidumbre tal como les ocurre a los geólogos con los terremotos o a los médicos con los accidentes cardiovasculares.

Sin embargo, la buena noticia sale del siguiente dato. Según un estudio realizado por la Universidad de Ciencias Aplicadas de Zurich (ZHAW), la actividad aérea mundial es cada día de 93.000 vuelos lo que supone una cifra de pilotos en actividad del orden de cientos de miles. Por tanto, casos como el de Lubitz representan una cifra estadísticamente despreciable.

La segunda cuestión es la más compleja y coincide con uno de los grandes temas de la psicología, la de las diferencias entre un acto de locura y un acto de fanatismo.

Si pensamos en el atentado de las Torres Gemelas o en los centenares de atentados suicidas que ya forman parte habitual de las guerras sectarias en curso, las coincidencias son casi absolutas. Matar el mayor número posible de personas inocentes incluyendo el propio martirio.

Es de destacar que Lubitz mantuvo una conducta organizada y coherente para sus fines. Había investigado en internet sobre suicidios y sobre el bloqueo de puerta de cabina. Esperó el momento en que el comandante abandonó la cabina y echó el cerrojo a la puerta. También en esto coincide con la fría y calculada estrategia de un terrorista como en la búsqueda de un sentido pleno, un sentimiento de gloria en un acto final y reivindicativo. En fin, que son tantas las similitudes que quizás la pregunta debiera ser cual es la diferencia.

Los antropólogos llaman «hominización» al proceso por el cual un ser biológicamente humano se transforma en psíquicamente humano. Esto supone su ingreso a un orden social y a un sistema de código simbólico por el que cada individuo ingresa en una serie, ya sea de los hermanos de una familia, de los alumnos de un colegio, de los miembros de un equipo de deportes o trabajo, así como ciudadano de un país. Siempre se trata de ser uno más. Nada de lo que alguien haga o consiga lo puede convertir realmente en un «fuera de serie». Soportar esa humillación es el precio que se paga por vivir en sociedad. A ese tema alude el proverbio » más vale cabeza de ratón que cola de león». En el fondo toda persona cuerda que forma parte de un orden social es «cola de león».

En cierto modo un terrorista que se inmola se supedita a una causa o un dios del que es un mero apéndice, de allí lo de «cola de león».

Andreas Lubitz, el copiloto suicida, no soportó renunciar a ser imaginaria y delirantemente «cabeza de ratón» aún al precio de perderlo todo, incluso la propia vida. Asesinar a otros fue un acto demente de autoridad y superioridad. Él fue su propio dios. En contraste con la resignación que transmite el título de la película de Agustín Díaz Yanes «Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto», el piloto suicida solía repetir «Un día voy a hacer algo que va a cambiar todo el sistema y entonces todo el mundo sabrá mi nombre y lo recordará».

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Publicado el 08/04/2015