Psicólogo en Mallorca

Narcisismo y clínica de niños

Como no se puede producir discurso alguno sin que se cuele alguna demanda, y, como el tema que se elige para un panel así como la forma en que se expresa en un título, son un fenómeno discursivo; yo, traté de escuchar qué pedían los organizadores de este encuentro bajo el título “Narcisismo y Clínica de niños”.

Y me sonó más o menos así: “queremos que nos hablen del narcisismo, pero, no de una manera tan narcisista como para que no enganche algún referente empírico, que, para nosotros es la clínica de niños”. Algo así como si dijeran “¿y eso dónde se ve?

Y bien, Elegí este tema en una escena que en la clínica de niños he visto recrearse infinidad de veces. También infinidad de veces negada o tratada como mera excrecencia o ruido.

Trataré primero de evocar a través de algún ejemplo y unas citas el clima de una escena, que, estoy seguro, no será ajena para aquellos de ustedes que trabajan en psicoanálisis de niños.

En el transcurso de la supervisión de una sesión de un niño de 3 años y medio el analista me cuenta que el niño tomó un vaso y con él en la mano se dirigió al lavabo de la toilette del despacho a buscar agua.

Esto fue precisamente lo que en la sesión anterior el analista había hecho cuando el niño le pidió agua. Claro que para luego hacerlo él solo tuvo que hacer un gran esfuerzo para llegar, con la punta de los dedos al grifo. Llenó el vaso y quedó muy orgulloso. El analista me leyó entonces su intervención: “Estás creciendo”. Un poco perplejo le pregunté qué había sido lo que dijo porque me parecía no haber entendido bien. No pudo terminar un intento de justificar la intervención pues ambos nos estábamos riendo del zafarrancho y del modo tan transparente en que expresó su deseo de ofrecerse como modelo de crecimiento.

Sin embargo, las cosas no anduvieron mal en el análisis de ese niño y el analista mostró tener lo que en nuestro argot psicoanalítico Río Platense se llama “una buena oreja”.

Hasta aquí el ejemplo.

Lo que sigue es la transcripción textual de un comentario escrito, que casi me animaría a llamar confesión, de otro analista, al presentar la interpretación de los síntomas de una neurosis infantil. Dice así: “El análisis llevado a cabo en el sujeto neurótico infantil parecerá desde luego más digno de confianza pero no puede ser muy rico en contenido. Hemos de prestar al niño demasiadas palabras a pesar de lo cual no lograremos quizás que la consciencia penetre hasta los estratos más profundos”.

Un poco más adelante dice “No es nada peligroso comunicar tales construcciones a los analizados pues aunque sean erróneas no perjudican en nada el análisis”.

Habrán reconocido ya al autor de estas declaraciones: es Sigmund Freud en el “Historial del Hombre de los Lobos”.

Sintetizando diría que en las palabras de Freud podría decirse que en el ejemplo que leí recién el analista prestó palabras al niño (dado que nada había dicho el niño de crecer) y diría también que eso no perjudicó – como dice Freud al hablar de la interpretación errónea – la marcha de ese análisis.

Podría servir de ejemplos similares todas aquellas sesiones de niños en que tenemos alguna de esas intervenciones – que, aunque nos las perdonamos, no mostraríamos – que toman la forma de sermón, de moralina, de conducta pedagógica o de simple ocurrencia proveniente de un pálpito, corazonada o intuición que a la disección posterior muestran no ser más que la irrupción del deseo del analista. Algo así como una interpretación que más que estar hecha “al pie de la letra” lo está a los pies del deseo del analista. Creo que no es muy arbitrario imaginarse que el deseo de Freud en ese momento estaba en el orden de demostrar la factibilidad de las construcciones en psicoanálisis. Solo así se puede entender que no titubee en admitir el “préstamo de palabras” y la utilidad de la interpretación errónea un hombre que tanto se esforzó por su exigencia de rigor y coherencia en otros momentos de su obra.

Lo que sigue es un intento de explicar este fenómeno desde el concepto de narcisismo. Pero en este caso se trata del campo narcisista del analista. El inconveniente de que el término narcisismo tenga en el discurso psicoanalítico un uso tan polémico me obliga a dar un pequeño rodeo para recortar el sentido en que me valdré de él.

El “yo” es un concepto que permite pensar la líbido narcisista como la única que nos permite constituir una unidad haciendo un recorte del caótico universo pulsional.

Al mismo tiempo en relación al espacio esto nos permite situarnos en un lugar y situar también a los otros en él.

Pero, esta visión es egomórfica, como la de Narciso. En otros términos: sólo vemos nuestro yo.

Este fenómeno no es exclusivo del ser humano ya que también en los animales la captura de una gestalt produce un ordenamiento y un recorte del mundo perceptivo. Por ejemplo un animal capturado por la imagen visual de un rival que invade su territorio será sordo a la presencia de una imagen acústica que le sirviese de señal del paso de una presa o despreciará las amorosas señales olfatorias con que una encantadora hembra lo invita a la cópula.

Lo dramático de esto en el humano es que la captura a la imagen narcisista es fija. Este es un hecho enorme. Significa ni más ni menos que esta gestalt que se constituye tempranamente, como tan bien lo describió Jaques lacan en el estadio del espejo, nos acompaña hasta la muerte hipotecando nuestra visión del mundo.

En consecuencia todo lo que salga de esta imagen, sustentado siempre desde afuera, quebrará esta unidad, será in-mundo, siniestra y producirá lo que en el pensamiento de Lacan se llama angustia del cuerpo fragmentado.

No en vano el hombre ha llegado a dar su imagen hasta a las montañas como en EE.UU. Ni tampoco es casual que Pablo Picasso haya podido burlarse – de lo que él creyó, puro snobismo del público – al pintar elementos no figurativos carentes de todo sentido y recibir éstos toda clase de interpretaciones y un enorme éxito.

Pese a todo vivimos.

Quiero decir que por alguna razón este registro, el del fijismo de las gestalt ordenadoras de la estructura narcisista del sujeto, no impide que haya otro nivel de funcionamiento. Es este otro nivel el que hace posible el florecimiento, en el crecimiento psíquico del niño de la polifonía infinita de los objetos más variados y apetencias más diversas.

Volviendo ahora a la escena que traté de recrear al comienzo, creo que pueden hacerse las siguientes reflexiones:

  1. que el suspenso de sentido con que a veces el niño se presenta frente al analista actúa sobre él privándolo de la función sostenedora del propio yo, que como vimos, se realiza necesariamente por vía de la complicidad de un sentido compartido en todo campo intersubjetivo.
  2. Que esta privación o ruptura de la unidad de la propia personalidad del analista produce en él un sentimiento que no es otro que la angustia del cuerpo fragmentado mencionada anteriormente.
  3. Que la atribución de un sentido cualquiera por medio del hablar se constituye en un recurso eficaz para lograr la salida veloz de esta vivencia.
  4. Que el contenido ideativo de este sentido pertenece necesariamente al mundo imaginario del analista y a la batería significante en que se soporta y articula.

De allí la idea de Freud de préstamo, que no sería otra cosa que un préstamo de sentido por medio de palabras del analista.

Esta vivencia de riesgo para el yo que aquí aparece como disparadora del acto en cuestión, hace sentir sus determinismos en una gran variedad de situaciones cotidianas. Basta evocar el insomnio como consecuencia del miedo a dormir o soñar, o la falta de plenitud en el acceso al goce orgástico, que acecha invariablemente la vida sexual humana, como ejemplo de la imposibilidad de despedirse del yo por una falta de fe en que será posible encontrarlo nuevamente.

Otra gran cuestión a pensar aquí tiene que ver con explicar el éxito terapéutico que corona muchos de los análisis de niños pese a la gran cantidad de préstamos (en el sentido que Freud da a esta palabra) que en ellos se producen.

El problema es que este tema involucra el campo narcisista del niño y es allí donde debe ser pensado.

En todo caso y para dejar insinuada una punta para poder abordar el tema, pienso que sería falso afirmar que el niño mejora pese a este tipo de intervenciones.

Más aún, diría que hay toda una zona de lo que hace al proceso del desarrollo psíquico del niño, de su posibilidad de advenir un sujeto, en que es gracias a ese registro de conductas del analista, que logra su desenvolvimiento.

Finalmente, quizás haya surgido entre ustedes la pregunta sobre si es éste un fenómeno específico del campo de la clínica de niños.

Diré que no, que por el contrario creo que este tema atraviesa toda la clínica psicoanalítica. Sin embargo se hace mucho más insistente para quien es interpelado por una demanda de análisis de un niño. Creo que es allí donde puede tener su máxima fecundidad el sacar a este tema de la oscuridad.

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Publicado el 13/01/2004