Psicólogo en Mallorca

Lo verosimil del psicoanalisis

Como práctica social, el psicoanálisis está conformado por una doble dimensión discursiva: la transmisión del saber y la práctica del curar. Ambas están sujetas a los efectos del tiempo.

Esto significa que, como sucede en cualquier otro ámbito de la cultura, las escenas de la clínica y la enseñanza del psicoanálisis están sujetas a las transformaciones producidas por los avatares de su propio discurso y de la sociedad en su conjunto. Estas transformaciones, tanto en la dimensión de la causalidad como en la de los efectos, pueden estudiarse desde múltiples registros: la mutación de los cuadros psicopatológicos, la relación con el universo mitológico y los ideologemas de cada comunidad o clase social, las transformaciones retóricas, etc. En esta ocasión intentaré plantear algunos problemas situables en el campo de la retórica, ciencia que estudia las leyes del lenguaje. Se trata del funcionamiento y la transformación histórica del efecto de verosimilitud.

Para ello haré un pequeño rodeo, para poder definir y caracterizar el concepto de verosímil y su funcionamiento en el lenguaje, para poder luego esbozar algunos problemas de lo verosímil en el campo de la clínica y la transmisión del psicoanálisis.

En primer término, vale la pena recordar que la relación del ser humano al lenguaje no es pensable al nivel de una heterogeneidad. O sea, que el ser humano (ser parlante) tiene con el lenguaje una relación de sumisión, de sujeción. Por ello, todo intento de pensar aspectos del funcionamiento y las transformaciones en la retórica tiene la dificultad de ilutar un objeto invisible.

“Un día, en el siglo V a.C. en Sicilia, dos individuos discuten y se produce una accidente. Al día siguiente, aparecen ante las autoridades que deben decidir cuál de los dos es culpable. Pero, ¿cómo elegir? La disputa no se ha producido ante los ojos de los jueces, quienes no han podido observar y constatar la verdad; los sentidos son impotentes, sólo queda un medio: escuchar los relatos de los querellantes. Con este hecho, la posición de estos últimos se ve modificada: ya no se trata de establecer una verdad (lo que es imposible) sino de aproximársele, de dar la impresión de ella, y esta impresión será tanto más fuerte, cuanto más hábil sea el relato. Para ganar el proceso importa menos haber obrado bien que hablar bien.”

Este relato figura en la introducción con que Tzvetan Todorov presenta el problema de la relación entre verosimilitud y verdad en un texto que agrupa trabajos de varios autores, llamado precisamente “Lo Verosímil”.

Justamente, ese carácter de apelación con que nos dirigimos a nuestros interlocutores cuando queremos que se crea que nuestras palabras son verdaderas para poder persuadir, es la verosimilitud. La etimología de este término, símil de lo verdadero, lo ubica en el lugar de llenar el vacío entre las palabras y las cosas, o entre credibilidad y verdad. Podemos imaginarnos a los dos temperamentales sicilianos del siglo V a.C. vociferando y argumentando delante del juez, y resultará claro que cada uno con sus palabras pretende justamente decir la verdad de lo que realmente ocurrió en la trifulca, cuando en realidad nunca irán más allá de un símil.

Todorov ciñe la extensión polisémica del término “verosímil” a cuatro distintos usos:

  • es el más ingenuo, y consiste en la relación con la realidad,
  • la relación de un texto particular con otro general y difuso, que se llama opinión pública,
  • Cada tipo particular de discurso tendría su propio verosímil; por ejemplo los distintos géneros literarios o los distintos verosímiles de cada medio de difusión: no esperamos ver morir al héroe de un policial de televisión, cosa que no nos sorprenderá en un thriller. Finalmente,
  • tiene que ver con la posibilidad de que las leyes del texto se escondan tras la apariencia de que sólo está en juego la relación con la realidad.

Creo que para el ámbito en el que nos interesa pensar en este fenómeno, no sino de un modo que tiene algo de cada uno de estos sentidos en que funciona.

En primer término, es el surgimiento del mismo discurso freudiano, que puede pensarse como la ruptura del discurso médico-psiquiátrico de la época. Es notable el esfuerzo de argumentación con que Freud intentaba en sus primeros trabajos hacer verosímil el que la sintomatología histérica encerraba un sentido que era su causa. Creo que puede decirse que las ideas freudianas eran, para los médicos de su época, esencialmente inverosímiles, y que esta sensación de inverosimilitud estaba en juego en el clima de las sesiones con sus pacientes.

Esto hacía de cada trabajo que se publicaba entonces, una aventura escandalosa y fresca, y por ello tanto Freud como sus seguidores tuvieron algo de transgresores, ya que era justamente el quebrantamiento de un consenso sobre la verdad del síntoma histérico lo que allí se jugaba. Otro tanto podría decirse de cada conquista posterior de la teoría freudiana: el sueño como realización de deseos, la existencia de la sexualidad infantil, la bisexualidad congénita, el complejo de Edipo, etc.

Al mismo tiempo, esta pelea imaginaria de Freud con el discurso médico-psiquiátrico y la exigencia de verosimilitud que desde allí se le imponía, le deparó una compañía, un interlocutor tal, que sólo al desprenderse de él pudo constituirse como psicoanalista, creando un espacio que, aunque verdadero, no era verosímil para nadie. De ahí que, hasta la posterior aparición de sus seguidores, atravesó por una soledad total, huérfano de todo consenso. En un trabajo tan tardío como lo es el estudio psicológico del presidente Wilson, Freud introduce de este modo el tema de la bisexualidad de Wilson: “llamar la atención sobre la presencia de oxígeno e hidrógeno en el hombre ya no causa emoción, pero no todos los hombres han aprendido a contemplar con calma los elementos psíquicos de la naturaleza humana. Mencionar el carácter bisexual del hombre resulta todavía escandaloso a los espíritus poco cultivados. Sin embargo, la bisexualidad es un hecho de la naturaleza humana que, en sí mismo, no debiera despertar más emoción que el hecho que el 59% del cuerpo consiste en agua.” Para luego insistir diciendo que: “un varón o una mujer, sin el efecto de la bisexualidad, sería tan inhumano como un cíclope”.

Es interesante pensar en cómo esta relación a lo verosímil se ha transformado a lo largo de los casi 100 años que pasaron desde que Freud publicó sus trabajos sobre, por ejemplo, la sexualidad infantil, y creo que un comentario reciente de un pediatra durante la revisación de un niño servirá para marcar graciosamente esta transformación. Durante una revisación de rutina a un niño de tres años, el padre le pidió si podía observar el nivel de evolución de despegado del prepucio del glande, pues este proceso estaba demorado. El pediatra explicó entonces que él trataba de evitar la manipulación del pene en los niños, pues a esa edad tienen mucho complejo de castración y el contacto podría incrementarlo.

Otro ejemplo de esta mutación de lo verosímil es lo que hace a la intervención del sentido inconsciente en la causalidad de los síntomas, y puede verse en la transformación que en los últimos años tuvo efecto en las relaciones que dentro de los hospitales generales guardan los servicios de psicopatología con el resto de los servicios. Del antiguo aislamiento que hacía que sólo tuvieran consultas externas o de descompensaciones psicóticas, en la actualidad no es infrecuente que reciban pedidos de salas para la atención psicoterapéutica de enfermos que padezcan trastornos de cualquier tipo que no tengan una etiología clara. Esto hace que el diagnóstico de etiología psicógena se haya transformado en un sumidero de todo cuadro clínico de causa desconocida.

La enunciación de este fenómeno me interesa aquí no por lo que pueda haber de banalización o de error en la impregnación o universalización del discurso psicoanalítico al discurso médico, como en las situaciones caricaturales que acabo de evocar, sino para marcar la transformación radical que a lo largo de la historia del psicoanálisis tuvo la dimensión de lo verosímil.

La influencia transformadora del psicoanálisis se puede rastrear así en verosímiles tan diversos como los del arte, la educación, la lengua, las costumbres o el universo de los mitos populares. Pero me interesaría poder tratar el funcionamiento y transformación de lo verosímil en dos campos que son internos al psicoanálisis, a saber: el del discurso que producen los psicoanalistas al dirigirse unos a otros en la producción y transmisión del saber, por un lado, y por otro a las marcas de este efecto en la escena terapéutica.

En su novela “Los Miserables”, Victor Hugo relaciona la astucia con la mediocridad. La pertinencia de esta idea, para el problema que nos ocupa, es la siguiente: Todo discurso creativo que produzca un saber nuevo implica lo que Gastón Bachelard llama una ruptura epistemológica y creo que no es aventurado pensar esta ruptura como la de un verosímil. En consecuencia, hay un amplio espectro de confortable verosimilitud en el que el decir del psicoanálisis puede transcurrir al precio de su fosilización.

En el libro “Jacques Lacan. La irrupción del psicoanálisis en Francia”, Sherry Turkle socióloga norteamericana, publica los resultados de un trabajo de campo sobre el destino particular que tuvo el pensamiento de Freud en Francia. En este trabajo hay un estudio minucioso de las raíces sociales de la cultura psicoanalítica y de cómo las mismas tiñen lo que ella llama el “Freud francés”. “Un paciente francés que ha estado haciendo ‘explication du texte’ y memorizando aforismos literarios desde la escuela primaria podría ser más receptivo a un psicoanálisis que se presenta en sí mismo como una forma de análisis textual del inconsciente” (p.61). La autora estudia cómo Lacan hizo posible el vencimiento de la resistencia francesa al psicoanálisis tanto por la concepción del hombre que proponía, y su relación con el pensamiento filosófico francés, como por sus formas expresivas. “El estilo de Lacan, que se acerca más al de Mallarmé que al de Freud, satisface el gusto francés por una psicología poética. Y su obra es tan elusiva, tan intencionalmente difícil de aprehender, que nadie podría acusarlo de no dejar que los símbolos proteicos surjan en toda su riqueza y ambigüedad Turkle describe cómo a través del transvasamiento de los ámbitos académicos al nivel de transformarse en una cultura psicoanalítica masiva, los estudiantes repiten los aforismos de Lacan sin poder dar cuenta de su sentido. Es obvio que ese fenómeno hace ya años que forma parte del folklore local. Puede observarse cómo el tránsito de las modas teóricas a lo largo del tiempo o las pertenencias a distintos ghettos académicos se modifican no sólo los términos conceptuales sino la retórica discursiva en su totalidad.

Podría, en ese sentido, afirmarse que el espacio de lo verosímil se corresponde al efecto que Lacan denomina “la palabra vacía”. En todo, esta situación se asemeja a la de los dos sicilianos que cita Todorov. Los psicoanalistas en nuestras comunicaciones también estamos en la situación de apelar ante los otros psicoanalistas ubicados en el lugar de aquellos jueces o detentores de una cierta opinión pública. El que ahora en Buenos Aires, como cinco siglos a.C. en Sicilia, sea necesario buscar un efecto de verosimilitud para convencer de la verdad de nuestras afirmaciones y el que para ello debamos, como entonces, hacernos esclavos de un consenso, permite ver que no debiera agotarse la explicación de este fenómeno en un defecto del campo del psicoanálisis, sino en la eficacia de una estructura que produce sus efectos.

Es por eso difícil imaginar la salida de la situación que cuando más especular, más estéril será desde el punto de vista de la producción. Es por esta relación compleja con lo verosímil que no puede, ni estar ausente por completo, como en el discurso delirante, ni ser absoluta, como en lo que describí como discurso astuto, que el lugar del discurso creador es difícil de imaginar y que cuando excepcionalmente se produce, es a precio de la soledad y de la caducidad de ese lugar que Freud llamó el Ideal del yo.

Finalmente quiero plantear algunos problemas situables en el ámbito de la clínica. En lo que hace a las transformaciones, quizás la dimensión más afectada por haberse vuelto verosímil sea la que tiene que ver con las construcciones en psicoanálisis. En su texto “Psicoanalizar”, Leclaire, tratando en parte este problema, dice: “En última instancia, el arte del analista parece ser el de no esperar nada, lo que hace que no falten hoy pacientes avisados que rearguyen desde el principio que ellos tampoco esperan nada!”. En otros términos: hoy, la escena de un análisis es menos inverosímil como también así el que los sueños, los síntomas y los lapsus tengan sentido.

En el texto “Lo verosímil” que cité antes, hay un trabajo de Marie-Claire Boons en el que plantea la posibilidad de ver este funcionamiento normalizador de la conformación de verosimilitud en el proceso de elaboración secundaria del sueño, incluso afirma que: “si bien es verdad que el orden de la muerte y el deseo aflora a través de significantes sintomáticos, según las leyes que son las del inconsciente, estos significantes se enuncian en el discurso del analizado a través de la categoría de lo verosímil, la cual pertenece al orden de lo socio-ideológico del sentido común”.

Creo que bien podría pensarse en la dimensión de la resistencia como tendencia del paciente a imponer un verosímil causal que no sea el del deseo. El análisis en este sentido podría pensarse como un puro inverosímil en su persecución de un agujero constitutivo de una estructura, dado que nada es para el sujeto tan insoportablemente no creíble como el hecho de que el objeto que es causa de sus motivaciones y motor de su existencia……¡no existe!.

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Publicado el 02/01/1970