Psicólogo en Mallorca

Formación, creatividad y ética

Al igual que en otras profesiones en la práctica profesional del psicólogo clínico esta cuestión supone una paradoja:

  • Por una parte, la necesidad de la adquisición de una sólida y completa formación que asegure el conocimiento de los desarrollos actuales en psicología. Conocimiento que se refiere tanto a los niveles teóricos como a los más instrumentales o técnicos del ejercicio de la profesión. Con esto se llega a poder afirmar los pies en los hombros del gigante.
  • Por otra parte, la especificidad de cada caso y las características personales de cada psicólogo crean, cada vez, situaciones únicas que requieren soluciones, en cierto sentido, únicas. Concretamente, cuando el psicólogo clínico se enfrenta a la necesidad de comprender un síntoma y decidirse por una acción terapéutica tiene que poder autorizarse en la teoría y al mismo tiempo en sí mismo.

Para el psicólogo clínico puede ser tan disfuncional una actitud excesivamente disciplinada, escolar y dependiente, respecto al cuerpo teórico, como sería la insuficiencia de formación.

Dicho de otro modo: lo que da a la intervención en la psicología clínica, su rango de cientificidad es el hecho de que se sostiene en una teoría de lo psíquico y, en consecuencia, una concepción sobre el modo de poder producir modificaciones en ese psiquismo: la técnica terapéutica.

Pero al mismo tiempo, la naturaleza del síntoma psíquico, en la medida que cristaliza un significado de la historia de un sujeto particular, no puede sino tratarse de una manera también particular y por lo tanto la referencia a la teoría no puede bastar con decir cómo y qué deberá hacer ese psicólogo en ese momento con ese síntoma.

Resulta interesante que ya en el 1.913 se encuentra este tema en “ Iniciación al tratamiento” un trabajo de Sigmund Freud . Si intentamos aprender de los libros el noble juego del ajedrez, no tardaremos en advertir que sólo las aperturas y los finales pueden ser objeto de una exposición sistemática exhaustiva, a la que se sustrae, en cambio, totalmente la infinita variedad de jugadas siguientes a la apertura. Solo el estudio de partidas celebradas entre maestros del ajedrez puede cegar esta laguna. Pues bien: las reglas que podemos señalar para la práctica del tratamiento psicoanalítico están sujetas a idéntica limitación» (el subrayado es mío).

Este fenómeno es de una gran importancia en la práctica del psicólogo puesto que, como vemos, sus intervenciones, al no poder estar totalmente guiadas por la teoría, necesitan una imprescindible dosis de creatividad.

Pero, como todo acto creativo supone una rotura con la confortable compañía de lo consensual y lo establecido, el precio es un sentimiento de gran soledad. A este problema los escritores lo nombran como «la angustia de la página en blanco».

Dentro de su estilo críptico, Jacques Lacan aludió a esta cuestión de la soledad y responsabilidad del psicólogo clínico con esta bella metáfora: «Estoy solo en mi barca frente a Dios» refiriéndose a que en la conducción de una cura, el psicólogo se encuentra como una capitán al que sus estudios sobre el mar no le resuelven el autorizar todas sus decisiones necesitando autorizarse, además, en sí mismo.

Interesa observar que en la metáfora hay sin embargo un otro frente al que rendir cuentas que designa como Dios, éste es precisamente el punto que permite articular el problema de la cuestión de la ética en la psicología clínica.

Decíamos que un síntoma cristaliza un significado histórico singular. Agreguemos además que la eficacia patogénica de ese significado, o sea su capacidad de causar una disfunción, está en relación directa a su desconocimiento por parte de quien padece el síntoma. Por lo tanto, desde esta perspectiva, ético será aquello en la labor del psicólogo que implique prestar atención con su escucha, cada vez, a cada nuevo sujeto y a cada uno de sus síntomas para comprender y ayudar a hacer comprender el significado que allí expresa su singularidad. A este proceso, hacer que el significado patógeno no conocido, o sea inconsciente, devenga consciente, Freud lo consideró lo esencial de la cura psicoanalítica.

Freud, demostró, y esto es uno de los aspectos más sólidos y mejor articulados de su teoría sobre síntomas neuróticos, que el contenido de esos significados inconscientes que, a su vez, son causa de las formaciones sintomales, no son otra cosa que deseos, que las circunstancias históricas del sujeto los han vuelto angustiosos y por ello han sufrido un proceso de rechazo, distorsión y degradación que los han vuelto irreconocibles.

Es por ello que lo ético en la clínica de los síntomas neuróticos se refiere a prestar atención, a dejar hablar, a un profundo respeto por las palabras, los sueños, los recuerdos y todo lo que constitúyale mundo de significados del que padece el síntoma. Podríamos decir que aquí hay otra paradoja: que es verdad, que se trata de descubrir, a la vez que se muestra, se oculta en el síntoma.

Esta no es una ética fácil de sostener. Supone para el psicólogo una gran inversión de tiempo, un trabajo arduo y una gran humildad, dado que no se trata de sentarse en el cómodo trono del saber que otorgaría un poder respecto al paciente a quien se podría aconsejar, ordenar, enseñar o manipular. Por el contrario. Podríamos metaforizar la situación diciendo que el psicólogo clínico es como un especialista en descifrar mensajes en clave. Como el descifrador, el psicólogo no posee ni el mensaje, en este caso el significado del síntoma, ni una clave única y universal que pueda aplicar rápida y cómodamente a todos los casos, sino que esta clave deberá ser descubierta cada vez.

Dado que lo limitado del tiempo establecido para esta ponencia no permite extender más este comentario, solo dejo planteada la posibilidad de partir a esta concepción de la ética en la psicología clínica para estudiar también el problema de los límites a la masificación de las intervenciones en el campo de la salud mental, no solo en la práctica privada sino también en la sanidad pública.

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Publicado el 13/01/2004